jueves, 6 de noviembre de 2008

Estoy atrapada. Me cuesta respirar, pero no porque me falte el aire; creo que es la tensión. Estoy aquí, escribiéndote, porque quiero que estés conmigo. En más de una ocasión me ha parecido verte a mí lado. Pero no puede ser. No es posible; estoy en un ascensor. Esta situación llega incluso a parecerme cómica, alguna risita histérica borbotea de vez en cuando por los labios de mi mente. Creo que me estoy volviendo loca. Me vuelvo loca y tú no estás conmigo para ayudarme; aunque ya te veo a todas horas. Quiero que estés aquí. Deberías verme, te sorprenderías: siempre he pretendido ser elegante, gustarte continuamente. Ahora estoy tirada en el suelo, encorvada sobre la hoja de papel en la que te escribo, iluminada sólo por una tenue luz de emergencia. Esto es muy pequeño. No hay posibilidad de estirar las piernas. La única forma es ponerme de pie... pero no puedo, estoy demasiado cansada, demasiado aturdida y en estos días (casi tres) he tenido tiempo suficiente de pensar en ti, en mí: en nosotros. He pensado tanto que ahora las ideas se escapan por mi boca abierta, atravesando la barrera que forman mis temblorosos labios.

No hay comentarios: